El oficio de jefe

La jerarquía como sistema organizativo, la autoridad como principio de orden. En la horda, la tribu y el burgo. En el estado, el municipio y la familia. En el sindicato, la empresa o la iglesia. En la célula terrorista o los ejércitos regulares. El poder provenía de la fuerza, de los dioses o del carisma. De la estructura de la propiedad, de las urnas o de la herencia. De la suerte, del asesinato o de reglamentos minuciosamente elaborados. Bajo la punta del iceberg que el relato oficial nos deja percibir, la historia real suscita compasión por aquellos que la sufrieron. Injusticia, terror, opresión, sangre… Nuestros antepasados fueron víctimas o promotores; o ambas cosas. ¿Nosotros? Cada uno sabrá.

Hemos llegado hasta aquí, nuestro querido presente, mirando hacia atrás con miedo y celebrando vivir en el mejor de los mundos posibles. La democracia se está consolidando en el planeta como la forma de gobierno mayoritariamente aceptada. Las cotas de bienestar y esperanza de vida actuales eran inimaginables hace un siglo. El Tercer Mundo ha pasado a ser un término en desuso y gracias a la terminología creemos estar en vías de solucionar el problema: ahora hablamos más de los países del Sur. Pero hemos llegado hasta aquí. Podemos sentirnos satisfechos por ello. ¡Champán! Vale.

El reino animal (reino es obviamente otro concepto influenciado por la visión panjerarquizada del mundo), al menos el grupo de los mamíferos más evolucionados, nos da continuos ejemplos de cómo la observancia del principio jerárquico es la prácticamente única forma de funcionamiento cuando existe una cierta vida social. El homo sapiens no parece haber encontrado fórmulas más eficaces que aplicar el principio básico, aunque lo haya mejorado con las declaración universal de derechos humanos, la fórmula de los tres poderes, el sufragio universal o los consejos de redacción.

Con todas estas conquistas llegamos hasta hoy, hasta nuestro día a día, en nuestra familia, en la escuela, en la universidad, en la empresa, pero seguimos envueltos en esa capa de la que no podemos desprendernos porque, entre otras cosas, no sabemos si queremos y tampoco si debemos. Es más, parece que no, parece que las utopías anarquistas, por mucho que puedan generar  nuestra simpatía, son simplemente inviables aplicadas a cualquier escala social.

Todos estamos o hemos estado  investidos de poder en alguno de nuestros roles sociales. Todos somos o hemos sido jefes y ejercemos nuestra autoridad de forma natural, con mayor o menor competencia, rigor o liberalidad, como Dios nos da a entender. Raramente hemos prestado atención a nuestra formación específica para el ejercicio de la autoridad, y si fue así lo sería de forma complementaria. Algunas instituciones políticas, administrativas, religiosas tienen, al parecer, escuelas de mandos. No sé qué les enseñan. Por lo que veo a mi alrededor y en los medios, poco. De lo que estoy seguro es de que la sociedad como conjunto no tiene una idea clara de la importancia de este oficio y de este papel que tiende a ejercerse con descuido y poca profesionalidad.

Por eso creo que una de las facetas peor desarrolladas en general de nuestras habilidades como seres humanos y como profesionales es la de padres, jefes, mandos, directores, presidentes (reyes, si hace al caso),… La humildad y la templanza son dos virtudes que parecen incompatibles con la jefatura, pero no es verdad. La verdad es lo contrario. Nadie que no comprenda que autoridad y jerarquía son sólo un mal menor que ejercer entre iguales para beneficio de todos los involucrados, está capacitado para el mando. Desde luego quienes se lo plantean como un fin es sí mismo y la culminación de una carrera hacia la cumbre son simplemente un peligro para las organizaciones.  No es fácil. En mi opinión es una de las tareas más difíciles que existen.

Había pensado terminar con ejemplos concretos, pero pude ser un poco demagógico. Sería demoledor. Hay miles en la historia y a nuestro alrededor. Dictadores, tiranos, caudillos, capos, patriarcas, amos, incluso presidentes democraticamente elegidos. Genocidios, guerras, holocaustos, desastres, quiebras empresariales, rupturas familiares… De lo más grande a lo más pequeño. De lo público a lo privado. Por todas partes. Una plaga, esa adictiva creencia de que el fundamento mismo de la autoridad está en su detentación y su ejercicio. Es lo que nos lleva diréctamente al nepotismo y lo que entre nosotros se ha dado en llamar cleptocracia. Una gran debilidad en el DAFO de España (anterior entrada de este blog). La elección mayoritaria no da impunidad al elegido para hacer trampas o tomar decisiones en contra de la voluntad de los electores. La dimisión debería ser un automatismo inseparable de la elección. Tal vez algún día lo sea. 

Pero emerge otro enfoque tan nuevo que la palabra que lo nombra ni siquiera estaba en nuestro idioma hasta hace pocas décadas. Se llama liderazgo, por supuesto. Esa capacidad para influir en la dirección que juntos hemos elegido promoviendo la iniciativa individual. Ha llegado el momento de reconocer que la autoridad ha muerto, que la jerarquía es sólo una fórmula organizativa y un liderazgo auténtico es el único camino para crear una sociedad más justa, más próspera, más feliz. 

Empecemos por nosotros mismos: miremos bien a nuestro propia conducta, preguntemos abiertamente a nuestros colaboradores, reconozcamos nuestras limitaciones. La autoridad es ilegítima si no se asume conjuntamente con la ética de la autoridad. La jerarquía es perniciosa si sólo es un instrumento del jefe.

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